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Por Angelux Fecha May 4, 2006 |
Dentro del desenfreno demencial de compraventas que es nuestra moderna sociedad de consumo se hace irónico el observar la reticencia o el repudio casi generalizado a comprar las llamadas “pólizas de preacuerdo funerarioâ?Â. A los agentes vendedores de tales pólizas se les califica incluso como “cuervos” o “buitres” sólo porque ellos nos hacen mas evidente la realidad de nuestra muerte, y comercian con ésa expectativa.
Y sin embargo nada hay más lógico que aceptar o reconocer ésa realidad, puesto que la muerte es lo único seguro que tenemos en éste tránsito de incertidumbres, de desengaños y de frustraciones que tan ostentosamente llamamos “vida” Paradójicamente, esa clase de prejuicios o de tabúes no existen ante los popularizados y omnipresentes “seguros de vida”, a pesar de que es bien evidente que éstos seguros no nos protegen contra la muerte sino que, -al igual que los preacuerdos funerarios-, sólo hacen menos dramático el luto de nuestros dependientes.
Cómo comprender entonces ésa dualidad de criterios ante una misma evidencia, cuando poca o ninguna diferencia existe entre los que comercian con nuestros propios despojos, despojándonos en vida de nuestro dinero, y los que viven de nuestra muerte tras el subterfugio de “asegurarnos” la vida?.
Esto se comprende cuando se observa el espanto infantil de la humanidad ante el espectro de la muerte, cuando nos aferramos a la vida pretendiendo olvidar que no somos inmortales. Pero, pensandolo bien, la vida, tal como la viven tres cuartas partes de la humanidad, ¿no es acaso más espantosa que la muerte misma? Quienes tienen sus apetitos siempre saciados, su salud y su cuenta bancaria siempre rebosantes, y la felicidad al alcance de su bolsillo, éllos tienen motivos o justificaciones para amar la vida. Pero los privados o despojados de todo bienestar, cuya vida es sólo una agonÃÂa incesante y una continuidad de combates estériles por una supervivencia que sólo sirve para prolongar su agonÃÂa, ¿tienen acaso otros motivos para amarla o para soportarla que no sean su esperanza tenaz y su obstinada resignación religiosa?
Y sin embargo, las victimas de esa condena que es la vida se obstinan en eufemizarla, a la vez que repudian esa sóla salvación piadosa que es la muerte! Los positivistas, los optimistas y los cientificos se empeñan en disculpar la vida adulándola; los filósofos, con sus frases amables pero ilusorias, tratan de justificarla ennobleciéndola; los politicos, en “redimirla” mercatilizándola, y los mercaderes de la esperanza que son las religiones, en mistificarla para hacerla soportable, es decir, en hacernos resignados ante las iniquidades del “destino”, o de una supuesta “predestinación divina”.
Pero… ¿cómo olvidar la pobreza, que impide vivir la vida con dignidad? …y la enfermedad, -hermana gemela de la pobreza-, que impide la felicidad? …y ésta angustia de la impotencia ante la injusticia, tan frustrante como la impotencia ante el amor? …Y ésta cólera inaudita de las conciencias reflexivas ante la vileza de la humanidad que se obstina en perpetuar los oprobios al obstinarse en perpetuar la vida, engendrandola y a la vez renunciando a humanizarla?!
Porque, ¿qué otra cosa es la humanidad sinó un plebiscito mundial de desertores que tras el sofisma cobarde de una “paz” humillada y humillante renuncia a combatir por la conquista de una vida digna de ser vivida? ¿Y qué otra cosa es la muerte, sinó la victoria definitiva sobre la vida, es decir, sobre los dolores, las miserias y las iniquidades que la vida humillante y deshumanizada conlleva?
Pero la humanidad es de tal manera cobarde que renuncia a ésa victoria que es la muerte, y la rehuye, temblando de pánico de ser salvado por élla!. Cansada de vivir, renuncia, sin embargo, al descanso eterno! Cuando todas nuestras esperanzas han muerto, ¿acaso no nos queda aún la esperanza de la muerte?
Obstinarse entonces en amar la vida cuando ella es sólo una tortura cotidiana, es un masoquismo absurdo, aberrante y abyecto. Sólo la muerte merece ser amada porque élla nos libera de ésta condena que tan ostentosamente llamamos “VIDA”.
!Pobre vida, tan adulada! …!Pobre muerte, …tan calumniada!
Julio Herrera.
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Daniel Sant dijo:
October, 17, 2006 at 20:05Hola Angelux:
Es verdad que la vida tal como la conocemos tiene poco sentido pero quizás este no sea el unico sentido que esta tiene aunque cueste un poco verlo al principio…¿que veo? no sé, el caso es que no siento el instinto de rehuir a la muerte como la mayoria y quizás en eso tenemos la misma certidumbre.
Saludos. :s